Las olas de los mares y océanos, son los latidos del corazón que hacen que la tierra respire, y con su energía mantienen el mundo girando.

El movimiento es vida, es energía, y cuando algo no tiene movimiento se dice que está muerto. Las olas del mar son un claro ejemplo del movimiento de vida. Una perfecta representación de vida dentro de la vida misma. Al igual que las personas, no existen dos olas iguales. Cada una lleva su energía, su movimiento, su color, y al igual que las personas, cada una de ellas es protagonista en el momento más importante de su vida, el momento en el que entrega su energía para mantener constante el movimiento de vida. Pero las olas no solo están fuera, sino también dentro de nosotros mismos. Las olas de nuestros océanos nos enfurecen y nos calman, fluyen o nos golpean, nos enturbian o nos aclaran, pero su movimiento constante nos llena de vida.

Los primeros meses de nuestra vida los pasamos rodeados de agua salada. Cuando crecemos y tomamos conciencia de las cosas, observamos que si lloramos, de nuestro interior curiosamente brota agua salada. Sentarse en soledad frente al mar y ver y escuchar las olas llegar, es algo que produce sensaciones de paz y armonía que tampoco son fáciles de explicar. Bañarnos durante un rato en el mar nos relaja, nos aleja de nuestra inmediata realidad y nos transporta lentamente a un estado de tranquilidad. Es como si nuestra agua, al entrar en contacto con el mar y permanecer rodeada por una energía infinitamente más potente y universal, volviese a su estado más puro, a su estado más primario, haciendo de las olas internas, pequeñas ondulaciones llenas de energía y paz, pero esto también es algo que nunca podría realmente explicar.

Así que quizá, intentar explicar en
vez de sentir y nadar mar adentro,
es lo que nos hace perdernos y no
nos deja fluir en nuestro océano y
disfrutar la vida tal y como lo hacen
las olas en el mar. Quizá solo se trate
de mirar en nuestro interior, de
navegar por nuestro mar, de
reflejarnos en nuestra ola.
De mantener en calma nuestros
océanos y mares. De disfrutar de la
energía que nos producen esas olas,
de sentir el sol, el viento y el mar.

De amar y dejar fluir el agua en nuestro interior,
de vivir como lo hacen las olas del mar.

 

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